La belleza del relato reside en su final abierto. En las versiones más optimistas, el forastero se queda y ayuda a Gracia a reconstruir su granero. En las más melancólicas, él se marcha al amanecer, dejando solo una huella en el polvo. Pero ambas conclusiones coinciden en algo esencial: después del encuentro, nada vuelve a ser igual. Y esa transformación, por pequeña que parezca, es la única gracia que realmente importa.